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Influenciadores o “pay for play”

“Mientras suena la música, has de bailar” declaró un ejecutivo de Citigroup  al Financial Times en Julio de 2007, cuando empezó la crisis financiera. Esta frase resume lo que han sido los negocios para muchos financieros en los años recientes: un baile desenfrenado, del que, como en el juego de las sillas, nadie se podía retirar.

Y ¿quién es el causante?, ¿qué es primero el huevo o la gallina? La crisis es un fallo moral de los directivos de muchas empresas y sus clientes. La crisis tiene causas económicas, pero también psicológicas, sociales políticas y éticas, que son complementarias. Todas las crisis han incluido comportamientos de codicia, engaño, imprudencia, arrogancia, conflictos de intereses, fraude, incentivos perversos y otros muchos. Y es verdad, pero a  pesar que la humanidad sufre este vicio desde hace siglos, y que se han diseñado mecanismos de control (leyes y regulaciones) para evitar la codicia, fraudes y corrupción, siempre hay algo por encima de todo esto y y más allá, la ética.

En filosofía moral una paradoja juega un rol particularmente importante en debates sobre ética. Por ejemplo, el conflicto entre el mandato de no robar y la responsabilidad personal de alimentar a la familia, la cual, bajo determinadas circunstancias, no puede ser mantenida sin dinero robado.

Una de las áreas más preocupantes en la práctica de cualquier profesión es determinar lo que es no es ético. Esto a veces es incluso más difícil que determinar lo que es ético o lo correcto. La mayor confusión parece ser en los temas relacionados con los problemas de negocios, cuestiones jurídicas, o asuntos que son considerados “práctica común” o “uso y costumbre”. De hecho compañías, asociaciones de profesionales y organismos públicos se ven obligados a desarrollar códigos de ética para sus miembros e intentar que el comportamiento al cuál representan refleje un “modelo” dentro de un código ético.

Y ¿por qué la necesidad de crear estos códigos de ética? Simplemente es un arma de defensa de los miembros de un grupo de profesionales, frente aquellos con los que no se identifican por tener códigos de conducta que traspasan la línea de lo que denominamos en comunicación la diferencia entre “influenciadores” y “pay for play”. El nivel de confianza pública que gestionamos los profesionales de la comunicación está al servicio del beneficio público y que hemos asumido como un compromiso especial para ejercer éticamente.

El valor de la reputación de todos nosotros depende de la conducta ética de cada uno. Cada uno de nosotros es un ejemplo para los demás, así como para otros profesionales, al procurar excelencia en nuestra labor con intensas normas de desempeño, profesionalismo y conducta ética.

Y muchas veces, aunque seamos éticos podemos incurrir en lo que llamamos “Códigos de Silencio”, conductas no éticas, decisiones, acciones y consecuencias que son intencionalmente ignorados por razones de presión, de amenaza al castigo externo, o miedo a ser rechazadas por la camaradería profesional. Demandemos y exijámonos a nosotros mismos, uno a uno, transparencia y buen gobierno en nuestro entorno, profesionales de la comunicación, proporcionemos opinión con una comunicación abierta, esencial para la toma de decisiones en una sociedad democrática.

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