El ejemplo de Satlantis

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El ejemplo de Satlantis

Satlantis

Satlantis

Es posible que los actuales escenarios socioeconómicos tan tenebrosos y las previsiones no menos desalentadoras sobre el inevitable impacto destructivo de la crisis de la Covid-19 arrasen toda brizna de esperanza, hasta el más mínimo brote entusiasta. Puede ocurrir, incluso, que el comprensible negativismo que nos embarga alcance tales dominios que oscurezca hasta eclipsar la propia existencia de apuestas positivas, que las hay. Sirva el ejemplo aleccionador del estreno del proyecto científico Satlantis para sacudirnos, siquiera durante unos momentos de justificada ilusión, de la desesperanza a la parece arrinconarnos una coyuntura tan endiablada como la actual.

En medio del cruce de análisis económicos descorazonadores, de sombrías perspectivas de largo recorrido, surge la apuesta hecha realidad de esta compañía espacial. Se trata de proporcionar cargas ópticas para pequeños satélites de observación de la Tierra. Todo ello conseguido sin salir de nuestro país, demostrando la cualificación tecnológica suficiente para presentarse ante el resto del mundo como artífices de una innovación de incuestionable valor añadido. Y con la puesta de largo en Japón.

Pero Satlantis encierra más de un mensaje en si mismo. Surge de la mano de una iniciativa privada que cuenta con el respaldo de instituciones públicas. Representa, por tanto, el retrato perfecto por el que venimos abogando desde amplios sectores para rearmar nuestra capacidad de reacción y de respuesta ante momentos tan peliagudos como los que nos acechan y lo seguirán haciendo. La apuesta inicial de Juan Tomás Hernani y la comprensión inmediata de Rafael Guzmán desde la Universidad de Florida, se han visto reforzadas por el decidido respaldo de instituciones públicas como el Gobierno vasco y el ICO o privadas como Everis y Orza, principalmente.

Cuando desde la estación de la Agencia Espacial Japonesa, Jaxa, se lance este 20 de mayo la primera cámara óptica de reducidas dimensiones no solo se asiste a la consolidación exitosa de un proyecto. Supone proyectar una capacidad tecnológica de primer orden mundial que debe servir de orgullo y de estímulo para ahondar decididamente en la apuesta por un camino que también conduce a aportar valor a nuestro propósito de reconstrucción económica. Va a ser la primera vez que una cámara de estas condiciones alcanza en el espacio una resolución submétrica. Un viaje de cuatro días, a través de la misión HTV-9, en el que se alcanzará la velocidad de la estación, de 27.580 kilómetros por hora. Una conquista.

Este auténtico hito internacional no se queda en el lanzamiento del que se han hecho eco los medios y han alabado, por su parte, los entornos científicos y tecnológicos. Viene a sellar un halo de esperanza en medio de la incertidumbre. Se trata de confirmar por la vía de los hechos de que es posible ser puntero a nivel del resto del mundo mediante la tecnología y la inteligencia españolas.

A pesar de su magnitud y trascendencia, no es descartable que la maraña de noticias tétricas en cuanto al número de víctimas por la pandemia, o la denigrante cifra de afectados por la pérdida de empleo, o a las cifras hirientes del panorama económico disminuyan informativamente la auténtica envergadura del proyecto Satlantis. Es muy probable que sus impulsores hasta cuenten con ello en medio de la hecatombe social de la que no conseguiremos desprendernos en meses. Pero no por ello pierde siquiera un ápice su valor y su aportación estratégica. Ni tampoco mermará su honda satisfacción profesional. Debemos convenir que esta conquista tecnológica tiene un valor intrínseco en sí misma. Pero, sobre todo en estos momentos, multiplica indefectiblemente su dimensión porque se produce en un escenario anímico más ávido que nunca de una noticia en positivo…aunque esta vez venga del espacio.

Juan Mari Gastaca, socio y director de RRII y Asuntos Públicos en BeConfluence.

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