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La imagen de las vacunas

La imagen de las vacunas

Vacuna

 

 

Hace un año, cuando el azote de la Covid-19 arrasaba cruelmente en hospitales, residencias de ancianos y centros asistenciales, y su contagio se extendía ante el pavor social y económico del resto del país, solo existía un clamor de deseo: que llegue algún día la vacuna contra este maldito virus. Entonces, en medio de un estado anímico conmocionado por el dolor y la incredulidad, se creía que quizá debería transcurrir un plazo de hasta dos años para disponer de esta inmunización. Sin embargo, en un ejercicio de imponente avance científico, este avance antiviral es una realidad mucho antes del tiempo previsto. Está a nuestra disposición. Nos va a prevenir.

La lógica ansiedad por alcanzar esta inoculación ha creado un estado de urgencia, fácilmente comprensible, pero que debería ser debidamente atendido. Y es aquí donde las multinacionales farmacéuticas, generadoras en sus laboratorios de este hallazgo, juegan un papel crucial para el bienestar social y económico mundial. Es por ello que cuando venimos asistiendo a una perversa conjunción de elementos desestabilizadores en el suministro y aprovisionamiento de estas vacunas sintamos una flagrante indefensión. Y en verdad esta anómala situación se está repitiendo con una asiduidad nada comprensible que merece ser explicada.

Firmas del reconocimiento internacional como AstraZeneca no deberían dejar pasar ni un segundo más sin explicar, siquiera mínimamente, los motivos que le han llevado a incumplir sus compromisos pactados con la Unión Europea para el suministro de sus vacunas contra la Covid-19. El daño reputacional que le está suponiendo a esta multinacional la cadena de desajustes en el suministro de sus antivirales debería urgir a una reflexión inmediata a sus directivos.

Siempre se mantuvo la creencia de que los grandes laboratorios ponían en riesgo gran parte de su prestigio internacional con la puesta en el mercado de sus vacunas contra esta pandemia. Precisamente por este delicado examen se antojaba que sus respuestas irían en consonancia con el duro examen que afrontaban. Por eso sorprende tan negativamente la irregular trayectoria mostrada por AstraZeneca, que parece mirar hacia otro lado cuando se le imputan unas clamorosas deficiencias de tan negativa repercusión para decenas de millones de personas.

Una fotografía de situación bien diferente a la mostrada por Pfizer, que está aprovechando silenciosamente los réditos que le proporcionan las deficiencias de sus competidores. Su resolutiva aportación le confiere un papel de recurso estratégico, que a buen seguro la Unión Europea no olvidará. Es evidente que no se trata de ninguna competición, pero sí de instar a una exigencia de responsabilidad corporativa que nunca debería pasar desapercibida por el calado que representa. Resulta difícilmente comprensible que una firma como AstraZeneca siga guardando silencio mientras sus vacunas acumulan dudas y retrasos.

Nunca como en estos casos la información objetiva y especializada debe imponerse con absoluta rotundidad. Que sirva para deshacer posibles relatos interesados y torticeros que desvirtúen la realidad. Las autoridades científicas, primero, y luego las políticas deberían despejar todas las dudas que quizá torpemente algunos medios de comunicación han ido alimentando para agitación del ciudadano temeroso e indefenso. A esta empresa deberíamos contribuir todos los sectores directamente concernidos sin escatimar esfuerzos ni refugiarse en bastardos intereses porque hay en juego un valor sin límite que es la propia vida.

 

Juan Mari Gastaca, socio y director de RRII y Asuntos Públicos en BeConfluence.

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