La influencia del estado de ánimo

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La influencia del estado de ánimo

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Toda una pléyade de elementos se superponen en los múltiples análisis personales y profesionales sobre la nueva situación económica y social que encaramos a partir de la hiriente crisis de la Covid-19. Ninguno de los factores que consideremos de mayor o menos capacidad de incidencia sobran en el decidido propósito de trazar un diagnóstico de situación lo más preciso posible. Lo hacemos en cada una de las empresas, en cada unidad familiar, en cada negocio por pequeño que nos parezca. Cuantos más indicadores reunamos, menos arriesgado nos resultará discernir el rumbo de nuestra orientación. Y en esta estela de factores deberíamos ocuparnos de un elemento no menos decisivo: la incidencia psicológica que aglutinan los diferentes estados de ánimo en la toma de decisiones y en las apuestas individuales y de conjunto.

Puede resultar baladí, incluso, aludir a un elemento emocional cuando parecería lógico e inmediato que el debate de calado en esta inquietante coyuntura estuviera reservado principalmente a los indicadores macroeconómicos. No son incompatibles ni mucho menos. Ni siquiera para quien toma las decisiones, para quien delimita la hoja de ruta, ni tampoco para quien desempeña el papel de sujeto pasivo. En cualesquiera de los casos, el estado de ánimo adquiere su propia dimensión. Lo deberíamos tener siempre en cuenta.

Es bien cierto que la propia economía o los mercados forman parte de estados de euforia o de agónicas depresiones, reflejo de un entorno social y económico que lo genera. Indudablemente, en los sombríos tiempos que cruzamos, el desánimo y la desesperanza adquieren un mayor protagonismo. Es un riesgo que se inocula con pasmosa facilidad por la columna vertebral de toda una sociedad y por ello deberíamos pensar cuanto antes en sus funestas consecuencias. Ahora mismo, tenemos esta amenaza ante nosotros.

Resulta difícil de negar que nuestro estado de ánimo condiciona la orientación de las decisiones que adoptamos. Bien hablemos de tristeza, de felicidad, de optimismo o de pesimismo. En todos los casos propios de la condición del ser humano, por antagónicos que resulten, se va a desprender el peso de una influencia sicológica nada despreciable. Nos ha ocurrido en anteriores etapas de crisis, como la vivida a partir de 2008 y con heridas todavía sin cicatrizar. Se ha disfrutado, por el contrario, en los años del crecimiento exponencial sobre pies de barro. Es decir, ya contamos con la radiografía de situación de anteriores experiencias personales, sociales y económico-financieras vividas, que siempre ofrecen lecturas imprescindibles.

La mejor garantía para calibrar adecuadamente la articulación de los elementos que desempeñan un papel crucial en nuestra posición ante la catástrofe en la que estamos inmersos sin quererlo. Cuanto mejor sepamos canalizar estas sensaciones experimentadas, más fácil será la capacidad de acierto en los trazos gruesos que marquemos para nuestra costosa y duradera recuperación.

Es indudable que la cascada martilleante de previsiones lúgubres sobre el futuro inmediato y a corto plazo de la economía española proporcionan razones inmediatas para acabar en el pozo del pesimismo irredento. No es menos cierto que este patético cuadro de situación supone un mazazo moral para la ciudadanía y de manera muy considerable para quienes lo afrontan en condiciones de mayor debilidad. Todo ello configura un estado anímico deplorable, incapaz de generar una brizna de ilusión en el devenir de una elevada cuota representativa de la sociedad. No ideamos igual nuestra apuesta de futuro desde el optimismo razonable, desde la serenidad objetiva que desde el pesimismo agobiante. No atendemos de la misma manera la llamada a una hipotética apuesta de futuro desde nuestra frustración que desde la ilusión por la remontada.

Por todo ello, incluyamos la incidencia del estado de ánimo en nuestra concienzuda propuesta de rehabilitación económica y social. No lo hagamos desde cánticos ilusos que fomenten escenarios luego imposibles y que arrastren a una mayor desesperanza. Simplemente apelemos a una apuesta de unidad de acción, de que todo lo difícil es costoso, pero también es realizable. Jamás como ahora cobra más vigencia una de tantas memorables frases de Winston Churchill: “nunca, nunca, nunca te rindas”.

Juan Mari Gastaca, socio y director de RRII y Asuntos Públicos en BeConfluence.

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