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La reputación gana guerras

zelenski

 

El 24 de febrero las tropas rusas entraron en Ucrania iniciando así una sangrienta guerra que aún continúa. En aquel momento muchos pensaban que Kiev se rendiría en cuestión de días, si no de horas, y que Putin instalaría un gobierno títere en la residencia presidencial. De hecho, según reveló recientemente el propio presidente ucraniano, Vlodimir Zelenski, al periodista de la revista Times, Simon Shuster, las tropas rusas estuvieron a punto de capturarlo a él y a su familia en los primeros momentos de la invasión.

Paralelamente, británicos y estadounidenses se ofrecieron a evacuar al presidente y a su equipo con el fin de que pudieran establecer un gobierno en el exilio, pero Zelenski las rechazó con el argumento de que necesitaba munición, no un viaje.

La determinación de permanecer en Kiev al frente de su gobierno podría haber acabado muy mal para él y para su propio país, si al mismo tiempo no hubiera sido capaz de organizar lo que tras más de dos meses de guerra ha mostrado ser un modelo de gestión audaz y acertado. Desde el inicio de la invasión, Zelenski y su equipo de colaboradores han logrado hacer frente a las tropas rusas y desarrollar al mismo tiempo una revolucionaria estrategia de comunicación y diplomática. Su estrategia incluye la grabación de vídeos destinados a mantener la moral alta dentro del propio territorio ucraniano, la realización de ruedas de prensa y entrevistas con medios internacionales, así como intervenciones mediante videoconferencia en los parlamentos nacionales de un buen número de estados, y visitas de los principales mandatarios de esos mismos países, como la del presidente español Pedro Sánchez.

Todo ello le está permitiendo a Zelenski conservar la unidad y el espíritu de combate de sus propios ciudadanos, hacer que no decaiga el interés informativo de la guerra en los medios internacionales y concitar un elevado nivel de apoyo en la mayoría de los países occidentales. Por contraste, la diplomacia rusa parece estar consiguiendo justo lo contrario.

Desde el inicio de la invasión, Zelenski y su equipo de colaboradores han logrado hacer frente a las tropas rusas y desarrollar al mismo tiempo una revolucionaria estrategia de comunicación y diplomática.

La sesión extraordinaria de emergencia celebrada en la asamblea general de las Naciones Unidas el pasado mes de marzo aprobó por mayoría un documento no vinculante condenando la invasión de Ucrania por parte de Rusia. El acuerdo contó con 141 votos a favor, cinco votos en contra y 35 abstenciones, reflejando así el aislamiento de Rusia en el panorama internacional. Entre los Estados que apoyaron a Ucrania se encontraban Estados Unidos y Reino Unido, así como todos los de la Unión Europea, y aquellos más cercanos a la visión occidental, incluyendo algunos con una sólida tradición de neutralidad como Suiza y los países escandinavos.

Por el contrario, solo cinco países se posicionaron a favor de Rusia. Bielorrusia, Corea del Norte, Siria y Eritrea, aunque hay más países, como Serbia, que por tradición histórica mantienen una postura de apoyo a Rusia. Dentro de la votación, cabe destacar la abstención de China y países como Cuba y Vietnam, así como otros 35 estados que se abstuvieron de participar en la votación.

A medida que se prolongue la ofensiva y vayan pasando los meses, Ucrania tendrá que seguir combatiendo para mantener a raya a las tropas rusas, o incluso hacerlas retroceder, como han logrado en Kiev. Pero también manteniendo su estrategia de comunicación para conservar vivo el interés informativo de la contienda en los medios internacionales, con el fin de que la guerra de Ucrania no desaparezca de la conciencia de los ciudadanos occidentales, como ha ocurrido con otros conflictos bélicos todavía activos de los que ya no se habla.

La valiente resistencia del ejército ucraniano y sus ciudadanos serviría de poco sin el apoyo que le están prestando los países occidentales con el envío de armas y municiones, además de ayuda humanitaria, y las sanciones impuestas a Rusia y a su clase dirigente. A diferencia de lo que ocurre en Estados con un régimen autocrático como la Rusia de Vladimir Putin, el mantenimiento de la ayuda de los países occidentales a Ucrania no depende solo de la decisión de una única persona, sino de la opinión pública, que a través de sus parlamentos nacionales deberá aprobar la prolongación de estas ayudas y de las sanciones.

La continuidad de este apoyo puede resultar difícil de mantener si se alarga el conflicto y se confirman algunas de las graves amenazas de Putin contra los países que apoyan a Ucrania.  Sobre todo, si el efecto de las sanciones hace que aumenten aún más los precios de la energía y la inflación, o se acaban produciendo restricciones en los suministros energéticos o alimentarios que puedan afectar a los ciudadanos occidentales.

Por ello es importante que Zelenski y su equipo de colaboradores sigan intensificando su estrategia diplomática y de comunicación y eviten cometer errores que puedan afectar a su reputación, para mantener el apoyo de la opinión pública occidental, a diferencia de lo que ocurre con la Rusia de Putin.

Es posible que antes de la invasión de Ucrania Putin no fuera ya el personaje más popular del mundo. La anexión de Crimea, junto con las sospechas en torno al envenenamiento de opositores y periodistas rusos, no le situaban precisamente entre los dirigentes mundiales con los que un turista que visitara Moscú querría hacerse un selfie, en el improbable caso de que se lo encontrara paseando por la calle. A pesar de ello, su ejército si gozaba de una cierta aureola de sanguinaria eficacia, tras sus éxitos en la destrucción de ciudades durante la larga guerra de Siria, y estaba considerado el segundo ejército más poderoso del mundo.

Sin embargo, la invasión de Ucrania y los aparentes fracasos del ejército ruso en lograr sus objetivos bélicos, junto con las atrocidades cometidas contra la población civil que se van conociendo, están dañando de una manera terrible la reputación de Putin y de todo lo que tiene que ver con Rusia. Un daño reputacional que, con independencia de cuál sea el resultado final de esta cruel guerra, será muy difícil de reparar hasta que no pasen varias generaciones.

Tampoco ayuda mucho a la imagen de Rusia la deplorable actuación de su ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, quien ya en 2021 proporcionó un trato humillante al Alto Representante de la UE para la Política Exterior, Josep Borrell, durante su visita al país, y que recientemente ha logrado enfurecer a Israel, al afirmar que Hitler tenía sangre judía como Zelenski. Una inverosímil torsión verbal para injuriar al presidente ucraniano, mezclando los peores prejuicios antisemitas, con el odio que todavía provoca el recuerdo de las atrocidades cometidas por el nazismo, que hasta ha obligado al normalmente impasible Putin a pedir disculpas a Israel.

Si bien es difícil vislumbrar todavía cuál será el final de este conflicto, desde el punto de vista de la reputación si cabe apuntar una primera victoria a Ucrania. Un país que gracias a la determinación de su gobierno y de sus ciudadanos se ha hecho un lugar en la conciencia y en el corazón del mundo occidental, que de momento sigue dispuesto a facilitarle su ayuda, mientras que Putin y sus secuaces le han causado ya tal pérdida de prestigio a Rusia que, como le ocurrió a Alemania tras la derrota del nazismo, tardará décadas en recuperar.

Pedro Martínez, socio de BeConfluence

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