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Subirse a la ola

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Es fácil pronosticar que los cuadros macroeconómicos no se sienten a pie de calle a pesar de su contrastada influencia. Resulta mucho más directo y comprensible analizar bajo términos coloquiales la situación económica mediante parámetros más usuales como son el índice de precios (IPC) o la evolución mensual del paro. Bajos estos dos escenarios tan concatenados, aunque provistos de su propia realidad, se mueve la realidad socioeconómica en nuestro país.

Por encima del debate sobre el déficit y la deuda pública, la repercusión efectiva de la aprobación de unos Presupuestos del Estado o la propia llegada de los fondos denominados Next Generation, otros datos más mundanos como la caída del paro, las nuevas expectativas laborales y la progresiva recuperación de la confianza también conviven en la salida del negro túnel de la crisis pandémica que nos viene azotando desde hace más de año y medio.

Después de tanto sufrimiento acumulado -que no vencido todavía-, bienvenido sea este nuevo clima de prudente expectación. Es innegable que los últimos datos indicadores de otra caída del paro animan a incorporarse a una ola de expectación positiva, tan anhelada desde hace demasiado tiempo. Es indudable que viene acompañada de algunos claroscuros que ensombrecen el panorama, pero es una realidad que se va recuperando el empleo, que vuelve la carga de trabajo, que se abre la puerta de la esperanza en una recuperación progresiva.

Por todo ello, habría de exigirse a las fuerzas sociales que mimen este resurgimiento que devuelve una brizna de confianza a una ciudadanía escéptica cuando no pesimista sobre el futuro inmediato tras el sangrante varapalo de la pandemia. Sombras como la desmesurada escalada del precio de la luz, los temores sobre el futuro del mercado del gas y sus vaivenes y la refriega que se intuye entre Gobierno y empresas eléctricas en el seno de los tribunales comparecen como amenazas indeseables.

Más aún, en el inmediato calendario legislativo podría hacerse un hueco el debate sobre la derogación de la actual reforma laboral. Hay un temor compartido por la clase empresarial y un sector de la representación parlamentaria hacia los efectos que pudieran derivarse de esta confrontación, a la que acuden animosos los sindicatos como dinamizador externo. Es verdad que no hay una voluntad de enfrascarse en la disquisición por parte del PSOE, pero no es menos cierto que su socio, Unidas Podemos, lo quiere esgrimir como auténtico baluarte ideológico, precisamente al encarar la parte decisiva del mandato de la coalición.

Por tanto, encima de esta ola de expectación fundada y razonable no debería caber hueco para estas amenazas que suenan desestabilizadoras. Sin embargo, lo van a tener porque afloran imparables. De ese pulso dependerá el rumbo de esa microeconomía de uso doméstico por la que suspiran millones de españoles porque de ella dependen. Empero, no destilan aromas de tranquilidad los mensajes intencionados que se vienen cruzando ministros y el pool energético mientras Europa empieza a tomarse en serio una realidad que complica la adopción de medidas correctoras inmediatas. Ni tampoco infunden sosiego determinadas decisiones gubernamentales. Mientras tanto, al menos queda el reconfortante consuelo de la mejoría en la oferta de empleo, que parecía no llegar nunca.

Juan Mari Gastaca, socio y director de RRII y Asuntos Públicos en BeConfluence.

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